CLOSE-UP nº 6 : Iván de la Nuez | Cast

CLOSE-UP 6 CAST

ENTREVISTA CLOSE-UP

Iván de la Nuez no es únicamente ensayista, crítico de arte y curator. En mi opinión encarna otras disciplinas y otros ámbitos de conocimiento de alto calado: historiador de carrera y por vocación, sociólogo de aquello que ocurre y nos afecta, activista de sus propias creencias, pensador autónomo, artista de lo cotidiano, escritor…  Lo adivinas y lo percibes cuando intercambias cuatro frases con él. En el fast-food del arte actual, Iván nos advierte que antes de ver una obra o proyecto debemos masticar algunas cuestiones: ¿quién está detrás?, ¿es necesario?, ¿aporta algo o se trata simplemente del fruto de una vorágine imparable?… Su capacidad para abrir interrogantes y darles respuesta me fascina. Son enseñanzas, las suyas, que cualquier amante del arte o la cultura (real o ficticia),  debe tener en cuenta.

Ll.B.: Me encuentro con Iván de la Nuez: crítico, ensayista y curator. Colaboras en numeraciones publicaciones y estás pendiente y a la última de aquello que ocurre en el territorio del arte actual. Quisiera que me hablaras un poco de tus orígenes. ¿Dónde naciste?

I.N.: Yo nací en La Habana en el año sesenta y cuatro (1964). Viví en Cuba hasta los veintisiete años, haciendo la vida normal y corriente de cualquier niño en el socialismo cubano: estuve en tres internados para pasar la secundaria y el preuniversitario (era un “becado” más). Después en la universidad (ya en la calle, en La Habana). Allí hice la carrera de Historia, no estética ni historia del arte, historia pura y dura. La terminé a los veintidós años, pero por mis posiciones e ideas, nunca pude ejercer esa carrera para la que me preparé, a pesar de haber sido el primer expediente y, digamos, cumplir con todos los requisitos que ellos querían. Pero mi manera de ver las cosas, la forma de escribir o lo que sea, no les gustaba, y nunca pude dedicarme a lo que yo quería: ser un historiador.

Ll.B.: Sí…

I.N.: …Esto me hizo dar muchos tumbos. Siempre escribiendo mis ensayos desde muy joven, y más o menos me encaminé por la cultura o el arte, que era lo más permisivo que había para mis intereses. Y para la idea que tenía de trabajar con cierta libertad. Yo formaba parte de una generación, la llamada “generación del hombre nuevo“, que habíamos nacido con la Revolución. O sea, fuimos la primera generación que no conoció el pasado, y que nació en el boom demográfico de los años sesenta. Así hasta los veintisiete años, que me fui de allí…

Ll.B.: Claro… Luego marchaste a los Estados Unidos, te viniste a Europa…

I.N.: No, yo me fui a México. Junto con un grupo de cien personas, por ahí. Fue en el año noventa y uno, porque nos habíamos metido en problemas. Y, me parece a mí, el Gobierno encontró una salida alternativa: permitir que nos fuéramos a México, donde había una especie de boom del arte cubano. Quizá pensaban que sería una manera de que la gente no saltara a los Estados Unidos. Nosotros, hasta el momento, teníamos una posición disonante, no éramos disidentes, a la manera clásica, pero sí disonantes. Y teníamos una relación muy fuerte con lo que estaba pasando en el exterior: la Perestroika (перестройка), éramos post-modernos, pro-Gorbachov…

Ll.B.: Ja-ja…

I.N.: …Todo lo que no le gustaba al partido comunista que fuéramos, ¿no? Pero a la vez que yo estoy en México, estaba esperando una beca aquí en Barcelona, con Miguel Morey, y me llega la noticia estando allí, fuera de Cuba.

Ll.B.: Estupendo.

I.N.: Entonces salto de México a Barcelona. A principio del año olímpico 1992. Y nada, he estado en Estados Unidos y otras ciudades, pero siempre he estado situado en Barcelona. Digamos que mi nacionalidad es cubana, pero mi ciudad…

Ll.B.: …es Barcelona.

I.N.: Sí. Aunque La Habana me parece una ciudad maravillosa y tremenda, el hecho de estar internado tanto tiempo, y que antes me crié en una playa, en fin, por motivos biográficos, digamos que La Habana me duró de los diecisiete a los veintisiete años. Y eso que intenté quemarla todo lo que pude. Pero, en Barcelona llevo más del doble de ese tiempo.

Ll.B.: Claro…

I.N.: O sea: me considero un cubano barcelonés.

Ll.B.: He visto que publicaste muchísimos libros, de tu producción a nivel de ensayo, luego hablaremos de exposiciones, ¿con qué títulos te quedas?… ¿El Comunista Manifiesto…?

I.N.: Mi único libro que no se ha traducido es quizá el que más quiero, porque tiene muchas claves de mi biografía, y es El mapa de sal (2001). Le tengo especial afecto aunque me dolió escribirlo, porque es un libro donde me paso completamente a la primera persona, que va percutiendo todo el tiempo en el texto. Es la historia que se prepara para habitar un futuro y un mundo que se pulverizan. Enfrentándome a un nuevo mundo para el cual no yo estoy preparado. Un libro sobre mi intemperie, por decirlo así. Y, no sé si es el mejor, hay unos “tics” poéticos que ahora me gustan menos, pero es un libro sostenido en primera persona, minimalista, que es como una especie de poema largo, y con ese punto biográfico, lleno de claves… En fin.

Ll.B.: Sí… Como comisario de exposiciones preparaste muestras fantásticas como De Facto. Retrospectiva de Joan Fontcuberta (2008) y muchas otras. ¿Qué exposición te gustó más comisariar o te supuso un mayor reto?

I.N.: No sé… Yo no estoy contento con mis exposiciones. No tengo una posición muy clara con respecto a ellas… Tampoco lo estoy mucho con mis libros. Como escritor, tienes un trabajo neurótico y puedes volver a leerte. Pero una exposición no la puedes volver a ver.

Ll.B.: Claro…

I.N.: Esa es una diferencia, y la otra, es que una exposición te permite involucrarte en un trabajo colectivo. Un paliativo a la neurosis solitaria de escribir. En todo caso, mis exposiciones son ensayos también. Así que no me considero tanto un curator sino más bien un ensayista que hace exposiciones. Y, no sé, tengo un buen recuerdo de Parque humano (2001), me parece una exposición interesante, y me obligó a escribir un ensayo como La tercera Odisea, por ejemplo. En el caso de Fontcuberta, creo que, en cuanto a decir “la pasaste bien”, es posiblemente la exposición que la haya pasado mejor. Y eso que no me gusta tanto comisariar exposiciones individuales, pero te voy a destacar dos…

Ll.B.: Si…

I.N.: La de Fontcuberta, porque suponía un reto, en este sentido: un fotógrafo, artista, que es también ensayista. Y que, además, es también un curator que incluso se había comisariado a sí mismo. El reto era decirle: “No metas la nariz y aguanta hasta el final”. Así que nos dividimos el trabajo: él se ocupó del libro, que se supone que debía haber hecho yo, y  yo me ocupé de la exposición, que trabajamos con el arquitecto Fernando Marzá.

Ll.B.: Muy bien.

I.N.: Y la otra, que yo destacaría, es una (exposición) que hice con Julián Rodríguez: Dentro y fuera de nosotros. Retrospectiva de Javier Codesal (2009). Javier Codesal era, posiblemente, uno de los pocos artistas secretos que aún quedaba en un mundo expuesto por completo. Vivía en Madrid. No había tenido una gran retrospectiva institucional… Y eso que era uno de los fundadores del videoarte español, un poeta sobresaliente… Y todo eso me llevó a trabajar sobre él con unos presupuestos muy distintos a los de Fontcuberta. A Fontcuberta había que matizarle su hiperproductividad y su hipervisibilidad. Y en el caso de Codesal lo que hacía falta era una lentitud absoluta, y que las obras se vieran tal como son, sin matices y, si era posible, buscando la posibilidad de hacerlo visible. De repente te podías encontrar una obra que requería cuatro salas y debía consumirse con mucha lentitud. Era una exposición que requería incluso la desaparición del comisario. En el caso de Fontcuberta había que matizar la enorme personalidad de Fontcuberta y aquí lo que había que hacer era dejar que la personalidad oculta de Codesal aflorara en toda su magnitud. Por tanto, lo que nosotros hicimos fue, descomisariar ese proyecto. Y busqué a Julián Rodríguez, al que yo había conocido como editor y escritor porque, aunque yo técnicamente me sentía apto, más o menos, para hacer el comisariado de esa exposición, había una zona biográfica que yo no podía calibrar del todo. Yo no crecí en España, con lo cual, el territorio de ser un artista periférico en este país durante la transición, se me escapaba desde el punto de vista visceral, por así decirlo. Codesal es aragonés, estaba un poco en el margen, Julián es de Extremadura. Y todo el tema de la “mili” y la transición, es decir, yo necesitaba alguien que comprendiera los códigos biográficos de esa obras.

Ll.B.: Si…

I.N.: …Y más que comprenderlos, te lo subrayo: consumar esa empatía. Y Julián Rodríguez, que era un novelista, una persona que creció en Extremadura, que tenía una biografía de ciertas similitudes, y que a su vez es editor, pues, me pareció que era como la otra parte que yo no podía darle a Codesal.

Ll.B.: Exacto.

I.N.: Si tú te fijas, yo siempre busco “co-comisarios”.

Ll.B.: Claro, para complementar y que salga bien el proyecto.

I.N.: Sí, porque a veces faltan cosas: a veces son vivenciales, a veces son intelectuales, a veces son conceptuales, filosóficas… Ese es el tema.

Ll.B.: Muy bien. Mirando un poco tu biografía, entre muchos otros premios, ganaste el Premio Espai d’Art a la mejor crítica publicada en el suplemento Babelia de El País, por tu artículo Autocrítica de arte. ¿Publicas a menudo en los medios impresos?

I.N.: Bueno, si por mí fuera, únicamente escribiría libros y, acaso, haría exposiciones. Pero no podría vivir. Entonces, sí, escribo artículos. Casi todos los artículos son un trabajo que estoy haciendo para algo. La prensa entonces te sirve para ese “sparring”. Pero soy un ensayista que escribe en periódicos. No soy un periodista. Y, para decirlo claro, no me gusta el periodismo. Aunque te sirve entre otras cosas para ver como funciona una idea, como funciona un criterio, un concepto, una toma de posición… Eso es una parte. Y la otra parte es que, casi el sesenta por ciento, yo diría que es casi la mitad, de los artículos son como pataletas. Visceralmente algo me molesta y escribo. Esa es la situación.

Ll.B.: Ahora una pregunta más abierta: ¿cómo ves el panorama del arte del siglo XXI, hacia dónde vamos?, ¿tienes alguna opinión sobre esto?

I.N.: Yo creo que estamos viviendo lo que Beuys previó: ¡cualquiera puede ser un artista! Y en eso el arte no es muy distinto a la sociedad. Estamos en una sociedad que está colapsando por exceso de oferta. No por falta de demanda. Este Iphone –lo señala– no se quedará obsoleto porque no sirva ya, sino porque van a sacar el 6, el 7, el 8 y tal… Bueno, todo se colapsa por exceso de oferta, hablo de Occidente, en África, no. Y creo que al arte le está pasando lo mismo. La posibilidad que te comentaba de Beuys se cumple ahora. Fontcuberta lo decía: “¿Qué hacer con una profesión que se ha convertido en un hobby?”. El arte vive un exceso de oferta y luego, un exceso de posibilidades. El arte vive en el Reino de la Posibilidad. Yo considero que el arte del siglo XXI tendría que ser, o  el artista que a mi me interesa no es aquel que haga cosas posibles sino necesarias. El que se instala en el Reino de la Necesidad, donde tú necesites esa obra. No la que cualquiera puede hacer, sino esa que tú necesitas que se realice.

Ll.B.: Claro.

I.N.: Otra cuestión que me interesa destacar es que, con este aluvión visual que estamos viviendo, el artista está obligado por los mismos instrumentos que usa (la imagen, la fotografía, el vídeo, etcétera) a explicar el mundo desde algo que no es la escritura; tiene que narrar el mundo por otra vías. Y por eso pienso que estamos viviendo el tránsito de la figura del intelectual de antes, hasta ahora el escritor, a un productor visual. Y en ese caso yo me siento parte de una generación que está  en el puente, y que está dejando de ser una cosa y no va a llegar a la otra. Y bueno, estás ahí, aguantando hasta que desaparezcas.

Ll.B.: Hay otra cuestión. Bueno, podríamos hablar del arte oficial y el no oficial, el mercadeo, las ferias de arte, todo esto… ¿Existe cierta utilidad o es un negocio? Así, visto desde fuera…

I.N.: Una feria es un negocio. Y, a mi me gusta que se hable de las cosas a las claras, incluso, no sé si más cínicas, pero en todo caso más directas. No tengo ningún ningún interés en ir a un evento teórico de una feria, por ejemplo. Me parece que es un barniz que todo el mundo se da cuenta de inmediato. Una feria se hace para vender. Como una feria del libro es para que vayan a hacer negocio los libreros, los editores y los agentes. Y, el mundo del arte sigue matizando, tamizando y avergonzándose de eso que es el mercado, porque al final casi todos sabemos que no trabajamos ni hacemos obras para que acaben en un bazar más o menos sofisticado, pero sin ese bazar resulta complicada la supervivencia. Ahora bien, al mercado del arte le pasa lo mismo que le ocurre al mercado capitalista…

Ll.B.: Sí.

I.N.: Es un mercado donde los valores están distorsionados.

Ll.B.: Por la oferta, la demanda…

I.N.: Sí. Y en eso afecta también el exceso de demanda. Lo curioso es que en el siglo XXI y con el modo en que el neoliberalismo está construyendo este mundo de “unos pocos por aquí y unos muchos por allá”, está pasando en el arte lo que está pasando en el mundo, es decir: los productos suntuosos siguen creciendo. El artista normal y corriente va decreciendo. El artista medio, la clase media del arte, se desploma. Y ahí hay un punto profundamente reaccionario porque estamos volviendo a vender Picassos, Van Goghs, etcétera y se está desplomando todo lo demás. Y, por último, pienso que, hay que revisar la frase “arte contemporáneo”. Creo que es una definición perezosa que parte de dos eternidades falsas. Ya Lenin llamó “historia contemporánea” a lo que empezó con la Revolución de Octubre. ¿Por qué? Porque para él el comunismo era eterno. Cuando se acaba el comunismo y se sabe que podía ser contemporáneo, pero no eterno, Francis Fukuyama habla de “El fin de la historia” y plantea otra eternidad que es la que empieza en el post-comunismo. Y ahora vemos que también eso era falso. Cuando surge ese fin de la historia, o sea, esa post-historia, tiene su apogeo el arte contemporáneo. En los últimos veinticinco años. Y eso es una eternidad falsa también. Yo creo que habría que devolver la palabra a su origen. “Contemporáneo” es aquello que ocurre en nuestro tiempo, pero no para siempre. Así que el estatuto de “arte contemporáneo”, a mí no me dice nada, equivale a no decir nada.

Ll.B.: Claro. Muy bien. Te pedí, cuando quedamos para la entrevista, que trajeras algún objeto personal tuyo. ¿Qué has elegido?

I.N.: Escogí una miniatura de un coche, el Trabant, que es la marca que hizo la Alemania comunista. Lo compré en Berlín. En el Berlín posterior a la caída del muro de Berlín, donde el comunismo se ha vuelto una especie de fetiche también. Te venden todo tipo de artilugios y es una de las cosas que fui rastreando para hacer mi libro El Comunista Manifiesto. El fantasma vuelve a recorrer el mundo pero esta vez lo hace como estética, como fetiche, como gran parte temático del siglo XX. Escogí el Trabant porque en mi libro Fantasía Roja (2006), el último capítulo se llama “El hombre nuevo en Berlín”, precisamente. Y yo me siento como un Trabant; el Trabant es un objeto del comunismo que no encaja del todo en el capitalismo, pero no tiene vuelta atrás. Está preparado para un mundo y para un futuro que quedó cortado, como una carretera, y tiene que coger otro camino. Así que atraviesas todas estas calles lleno de otros inputs y acabas convertido en un útil un poco obsoleto, con algo de mono de feria, porque todos te señalan: “Este es el tío aquel…”, no sé. Al fin y al cabo es un fetiche. Me di cuenta, por ejemplo, que es un objeto de coleccionismo. Me refiero a los que tienen un Trabant de verdad.

Ll.B.: Claro, claro…

I.N.: Y hay hasta limusinas hechas con dos Trabants, etcétera… Y bueno, me sentí identificado biográficamente con este cochecito, que debe ser uno de los coches más malos que se han hecho en la historia automotriz.

Ll.B.: ¡Ja-jaja! Muy bien… Deseas comentar algún proyecto futuro, alguna cosa que estás preparando…

I.N.: Primero, estuve algún tiempo sin hacer exposiciones, creo que voy a volver a hacer alguna exposición. y estoy en dos libros que he ido alimentando durante años, muy distintos. Uno es sobre Cuba. Y otro es sobre la relación sobre arte y la literatura. Y no sé por dónde voy a tirar o cual . Son dos libros totalmente diferentes. Fogwill, el escritor argentino, con quien pasé una semana, me enseñó a que fuera metiendo cosas en un archivo de un libro hipotético y que lo fuera llenando.

Ll.B.: Ajá…

I.N.: …Lo hizo en su propio ordenador, comentando u objetando sobre mis propios libros. En toda mi vida, es la única enseñanza que he tenido de un escritor en términos prácticos.

Ll.B.: Perfecto. Ahora una pregunta enfocada al escritor: ¿revisas los textos o dejas que se te vaya la mano?… “Bueno, lo que acabo de escribir ya me gusta”… ¿Qué proceso creativo sigues?

I.N.: ¡Oh!… Terrible, terrible… Primero porque el texto lo pienso por completo, puede ser que me pase una noche entera de insomnio pensando una página y esa página ya está en mi cabeza. Yo no escribo nunca sin tenerlo antes en la cabeza, ni siquiera los artículos. Primero está en mi cabeza. Si me voy a caminar, por ejemplo, o voy a nadar, o lo que sea, yo voy pensando el texto… O tomando una cerveza. O soñando incluso.

Ll.B.: Sí, claro…

I.N.: Estoy dándole vueltas… Y cuando me planto, el texto viene con una especie de borrador mental. Y luego sí, mis editores saben que lo que no se puede hacer conmigo es dejarme un texto, porque lo voy a seguir revisando hasta el infinito.

Ll.B.: ¡Ja-jaja!…

I.N.: Una vez lo tengo publicado lo que no hago es volverlo a leer. Ahora volví a leer mi primer libro que fue La balsa perpetua (1998), porque va a ser reeditado. Hacía quince años que no leía. Y me pareció una experiencia muy rara. Y evidentemente, tuve que amarrarme, porque quería arreglar muchas cosas, claro.

Acabamos aquí. Atrás queda la memoria de las piedras del patio de Filología. Los murmullos de los alumnos y el sesgo de luces que campea por las columnas del primer piso. Una vez en la calle, compartimos una parte del trayecto a pie. Hablamos durante el camino sobre el arte y la necesidad del arte. Y mil cosas. Quizá ahora Iván de la Nuez tiene una página en la cabeza a medio escribir, en la página mental que será luego una crítica, una exposición o la parte de un capítulo de uno de los libros que prepara.

Texto y fotografías: Lluís Bussé © 2014
Twitter: @lluisbusse
E-mail: lluisbusse (at) gmail.com